MESQUIDA MORA, BIODINÁMICA Y POESÍA ENTRE LOS VIÑEDOS DE MALLORCA

di Cristian
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Mallorca sabe sorprender. No solo por el mar cristalino, los atardeceres encendidos o los pueblos que parecen sacados de una acuarela, sino también por su vino. Y es precisamente en el corazón agrícola de la isla, entre viñedos que dialogan con la luna y cepas que respiran la energía de la tierra, donde descubrí Mesquida Mora, una bodega que es más un proyecto de vida que una empresa en el sentido tradicional.

Fue muy interesante conocer esta realidad lejos de las grandes estructuras turísticas; aquí se respira un ambiente auténtico, casi íntimo. Me recibe un paisaje ordenado y vivo, donde todo, desde el color de los racimos hasta el susurro de las plantas aromáticas entre las filas, parece tener un papel preciso.

Una mujer, una visión: Bàrbara Mesquida Mora

Mesquida Mora lleva en su nombre el de su fundadora, Bàrbara Mesquida Mora, quien en 2012 decidió abrir un nuevo surco en la viticultura mallorquina, dejando atrás la empresa familiar para crear un proyecto independiente y profundamente ligado a la biodinámica.

Bàrbara proviene de una tradición en la que el vino ya era el centro de la actividad agrícola; los viñedos se diseñaban para optimizar espacios, alternando las cepas con albaricoqueros, un método que ella misma vuelve a aplicar hoy.

Aquí se cultiva con la idea de que la viña es un organismo vivo al que hay que escuchar, no dominar: se usan infusiones de hierbas, compost biodinámicos, y se trabaja cada parcela como un microcosmos propio, un mosaico de terroirs en diálogo con el clima, el suelo y el ritmo de las estaciones.

Un mosaico vitícola

Los viñedos de Mesquida Mora se dividen en diversas parcelas, cada una con características propias. Por ejemplo, la parcela de Son Porquer alberga las primeras cepas de variedades extranjeras plantadas en Mallorca hace más de 40 años. El molino de Son Porquer, construido en 1850, custodia estas viñas históricas y simboliza la tradición vitivinícola de la familia.

Pasear entre los viñedos de Mesquida Mora es como hojear un libro hecho de tierra, piedras y raíces. Ocho parcelas, repartidas en los alrededores de Porreres (sureste de la isla), forman un rompecabezas vitícola diverso, con cepas que van de los 3 a los 65 años. Las variedades autóctonas mallorquinas conviven con los primeros ejemplares de variedades internacionales plantados en la isla, en un mosaico agrícola y cultural que narra la historia de la innovación y la tradición.

Los suelos cambian, pero comparten un rasgo muy mallorquín: tierras calcáreas, arcillosas y la famosa call vermell, la tierra roja que calienta las raíces y marca el carácter de los vinos. Cada parcela es un mundo aparte, y cada cepa crece siguiendo un ritmo que no se impone, sino que se acompaña.

La filosofía agrícola es abiertamente ecológica y biodinámica, certificada por el Consell Balear d’Agricultura Ecològica, pero, sobre todo, vivida con coherencia. Con la vista puesta en dejar una herencia fértil a las próximas generaciones, el trabajo en el viñedo se fundamenta en un diálogo constante con la naturaleza.

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La adopción dura 12 meses y puede comenzar en cualquier momento.
La persona adoptante recibirá:

  • actualizaciones y contenidos mensuales por correo electrónico;
  • el certificado de adopción y la placa de madera personalizada colocada en la hilera;
  • visita a su propia hilera con una degustación de vinos de Mesquida Mora;
  • Envio de 3 botellas de vino elaborado con la variedad elegida.

Los pequeños artesanos de la tierra

Otro detalle que me llamó la atención es la forma en que Bàrbara habla de su equipo: no empleados, sino pequeños artesanos, artesanos del vino y de la tierra. Gente que conoce cada cepa como si tuviera nombre propio, que trabaja con pasión y tenacidad, consciente de que el vino no es solo un producto, sino un legado.

Entre los viñedos, un detalle me hizo sentir en cierto modo en casa: muchas cepas están trabajadas en vaso, el sistema tradicional mallorquín que recuerda al histórico “alberello pugliese”.

Es una forma de cultivo tradicional y no mecanizable, en la que cada planta crece libre, sostenida únicamente por sí misma. Sin alambres, sin estructuras: solo cepa, suelo y manos expertas.

El vaso mallorquín, igual que su primo pugliese, es una elección valiente y contracorriente en un mundo cada vez más orientado a la productividad. Pero también una elección de resiliencia y sostenibilidad.

Visita y cata de vinos

Durante mi visita pude degustar cinco de los vinos más representativos de la casa. Estas son mis impresiones técnicas, acompañadas de alguna nota personal.

Acrollam

Un blanco sin sulfitos de uvas Premsal y Girò (50/50, ambas autóctonas), vinificado con fermentación espontánea. El nombre es “Mallorca” al revés, y ya dice mucho.
En copa: amarillo pajizo turbio, señal de no filtración.
En nariz: sorprendente complejidad aromática, con heno, hierbas aromáticas, almendra fresca y una ligera oxidación controlada.
En boca: tenso, vibrante, con una salinidad que invita al siguiente sorbo. Final amargo, casi de té verde.

Un vino que no busca gustar a todos, sino conquistar a quienes saben escuchar


Terna

El orange wine de la casa, elaborado con el mismo ensamblaje que Acrollam, primero vinificado con las pieles en acero y luego afinado en cemento, dentro de esos depósitos en forma de huevo que ahora empiezan a verse también en Italia.
En copa: rojo rubí claro, limpio.
En nariz: frutos rojos crujientes, un toque de grafito y un matiz especiado que recuerda al matorral mediterráneo.
En boca: directo, ágil, con taninos finos y una frescura rústica que lo hace perfecto para la mesa

Terna tiene el paso corto y sincero del campesino. Un tinto para beber sin demasiados pensamientos, pero con respeto


Sotil

Un blanco de Callet en pureza, vinificado con elegancia y paciencia.
En copa: amarillo dorado brillante.
En nariz: sorprende con flores silvestres, notas ahumadas, manzanilla y fruta amarilla.
En boca: amplio, sedoso, con una acidez envolvente y una profundidad que recuerda a los grandes blancos del Ródano.

Si Acrollam es rebelde y anguloso, Sotil es el hermano refinado, que habla en voz baja pero deja huella


Trispol

El vino símbolo de la bodega, elaborado con Syrah (60%), Callet y Gorgollassa (20% cada una, ambas autóctonas), afinado en barricas de roble.
En copa: rubí intenso con reflejos granates.
En nariz: ciruela madura, cuero, regaliz, especias dulces y un toque torrefacto.
En boca: lleno pero no pesado, con tanino elegante y un final larguísimo que recuerda al sotobosque y al cacao amargo.

Un vino que sabe esperar y hacerse esperar. Para abrir en la cena y seguir bebiendo incluso después de los saludos

FOCUS: LA HISTORIA DE TRISPOL Y SOTIL

Dice Bàrbara sobre su proyecto:

Crecí entre viñedos, barricas y uva, y con los años aprendí a creer que las coincidencias no existen: solo existen las causalidades. Vivimos en sincronía, y nada ocurre por azar.
En 2012, en un momento en el que no tenía ni SÒTIL (techo) ni TRISPOL (suelo de baldosas mallorquinas), emprendí un nuevo camino: MESQUIDA MORA, porque las coincidencias de la vida son solo la punta de un iceberg llamado destino.


Gorgollasa

Una variedad autóctona mallorquina casi extinguida, hoy recuperada en todo su esplendor.
En copa: color ligero, casi de estilo pinot noir.
En nariz: cereza, rosa silvestre, pimienta blanca, tierra mojada.
En boca: elegante, dinámico, con taninos pulidos y un perfil ácido que invita al segundo sorbo.

Un vino identitario, que cuenta la historia de una isla que ha decidido no olvidarse de sí misma

Las visitas a la bodega

Mesquida Mora propone cuatro experiencias enoturísticas, cada una pensada para conectar con el mundo del vino en diferentes niveles:

  • Vinos y tapas en bodega – 27 € por persona
    Experiencia informal y accesible: visita libre a la bodega y a la finca biodinámica, con degustación de vinos acompañados de galletas y quesos locales. Duración: 1 hora aprox.
  • Visita técnica a viñedos y bodega – 54 € por persona
    Recorrido profundo por el corazón de la viticultura biodinámica de la finca, con catas de vinos en crianza y embotellados. Duración: 2 horas aprox. Mínimo 4 personas.
  • Visita a los viñedos de Son Porquer y degustación en el molino con merienda – 58 € por persona
    Entre conversación, biodinámica y territorio, la visita concluye con una degustación de vinos y merienda tradicional mallorquina a los pies del molino del siglo XIX. Duración: 1 hora y media aprox. Mínimo 6 personas.
  • Visita a los viñedos de Son Porquer con comida completa y vinos – 90 € por persona
    La experiencia más completa: vinos explicados en detalle y una comida mallorquina servida entre los viñedos o en el molino. Incluye platos locales, fruta y postre. Para quien quiere saborear plenamente el espíritu campesino del interior mallorquín. Duración variable. Mínimo 6 personas.

Para más información o para reservar: mesquidamora.com/es/enoturismo

Mesquida Mora no es la “típica” bodega, sino un ecosistema humano, agrícola y espiritual: un lugar donde cada gesto tiene sentido, cada vino tiene alma y cada visita deja huella.

Quien busque el lujo de postal quizá se sorprenda. Pero quien ame el vino verdadero, el que sabe a tierra y a manos, aquí encontrará su lugar.

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